martes, 31 de agosto de 2010

El juego de las semejanzas

escrito el 22 de abril, recuperado el 31 de agosto
dedicado a ti especialmente


Hace tiempo que me di cuenta de que en esta vida todo lo que aprendemos lo hacemos por comparación: lo que es grande o pequeño, lo que es blanco o negro, lo que está frío o caliente, y así hasta el infinito. Lo mismo ocurre con las sensaciones, los sentimientos y las personas que vamos conociendo por el camino, aunque no queramos vamos comparando con lo que ya conocemos, con lo que creemos conocer y con lo que nos inventamos. Es inevitable.

Hace unos días recordé un pasatiempo muy tonto que aparecía siempre en los libros infantiles: el juego de las diferencias. Y me encontré de nuevo comparando, como llevo haciendo estos últimos meses de manera más o inconsciente, dependiendo del día. Sin embargo, en este caso era más bien el juego de las semejanzas: las que intentaba encontrar pero que se me resistían al recordarte antes y verte ahora. Yo no he necesitado teñirme de rubia platino, hacerme un alisado japonés en el pelo o cambiar por completo mi vestuario para encontrarme a mí misma. Me sigo mirando al espejo por las mañanas y veo la misma cara, más o menos contenta, más o menos triste según el día. Pero puedo reconocerme perfectamente en la imagen que me devuelve el espejo, y me ha supuesto un esfuerzo día a día conseguirlo.

Ahora recuerdo cómo me decías, mostrando orgulloso tu chaqueta de cuero nueva y tus patillas, "mira qué rockero soy". Recuerdo las veces que salimos a comprar camisas porque sentías que donde trabajas no te tomaban en serio por tus camisetas o porque le hacían más caso a ella que a ti (pero el refranero español es sabio en estos casos y ya se sabe que dos tetas tiran más que dos carretas, ¿verdad?). Recuerdo todos los pantalones que podías llegar a probarte mientras te colocabas el pelo mirándote en el espejo del probador, y eso que ir de tiendas no era lo tuyo. Y recuerdo algunas prendas que realmente no me gustaron nunca pero que a ti sí y acabaron en el armario de casa sin escuchar por mi parte ningún comentario más. Era lo que tú querías y yo entendía que no tenía más que decir, para mí no era importante lo que decidieras vestir en cada momento.

Hay estilos que no definen a una persona, más bien la calicaturizan. Y no era yo la única que se reía al ver ciertas poses que seguro que tú ya has olvidado. Modernillos (o mejor este link, me encanta la foto) y/o gafapastas por poner dos ejemplos, muy divertidos siempre, sobre todo al hacer sesudas críticas de cine. Y sin querer vuelvo a jugar a las semejanzas...

Ahora te miro y no te encuentro. El cambio físico es más que evidente, y está indudablemente asociado a otros muchos cambios. Se me ocurren dos explicaciones: o eras el que ahoras eres y que todavía no había salido a la superficie con todos los complementos necesarios, o todavía no has sido capaz de encontrarte y no dejas de ser la imagen de otra persona en tu propio espejo.

Si es lo primero, enhorabuena porque al fin lo has conseguido. Si es lo segundo, sigues perdido en mil carreteras secundarias.

PD: No me puedo resistir a poner aquí un párrafo de uno de estos links: "las modernillas(os) visten de forma algo extravagante pero sin llegar a molestar a la vista. Les gustan los colores, las gafas grandes, los pantalones de pitillo, las corbatas, las Converse". Sin comentarios.

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