jueves, 2 de diciembre de 2010

Historia al alcance de la mano


Hoy he tenido la suerte de asistir a una charla impartida por Jocelyn Bell, quien descubrió la existencia de púlsares durante tu etapa de estudiante de doctorado. Lo primero que me ha llamado la atención es que parece mucho más joven de lo que es en realidad: tiene ¡67 años! y os puedo asegurar que no los aparenta para nad, lo que hace reafirmarme en mi idea que dedicarse a la ciencia rejuvenece (algún consuelo tengo que encontrar estos días...).

Su charla no ha sido una clase magistral sobre el tema, sino que nos ha contado cómo hizo este descubrimiento. Ha sido genial ver fotos de su época de doctorado donde mostraba el radiotelescopio que montó durante dos años para tener derecho a tomar datos durante seis meses (antes de ceder el tiempo de observación al siguiente estudiante de doctorado), y los kilómetros (sí, exactamente 5.4 km) de papel donde se registraban las señales radio que después desvelarían los púlsares. Un apunte realmente interesante en su caso: la ciencia no sólo es cuestión de neuronas bien entrenadas, sino también de fuerza y habilidad con el bricolaje ya que el montaje de todos los postes y la colocación de los cables y circuitos eléctricos del radiotelescopio eran realizados por los mismos estudiantes. Al entrar en su grupo se les obsequiaba con un conjunto de herramientas numeradas (para no perderlas o cambiarlas por equivocación con algún compañero) que eran tan indispensables como el bolígrafo y el papel milimetrado (en Cambridge había sólo ordenador para toda la universidad en aquella época...).

La curiosidad de Jocelyn Bell hizo que buscara la explicación a unas extrañas intereferencias que aparecían en sus datos que no podían entender y que después de descartar varias hipótesis (incluso que procedieran de Little Green Men, es decir, extraterrestres) resultaron ser púlsares. Su descubrimiento es reconocido en las universidades (recuerdo que me lo contaron en clase, y yo no tengo muy buena memoria para casi nada), y sin embargo no fue reconocido cuando decidieron premiar la investigación en radioastronomía, entregando el premio Nobel conjunto a Martin Ryle y Antony Hewish, su supervisor. Ella se quedó fuera, probablemente por ser estudiante en aquella época. En la introducción, incluso se han permitido hacer un juego de palabras con Nobel y No-Bell, ya que este hecho es más que conocido.

Lo mejor de la charla ha llegado al final, cuando ha contado cómo varias personas tuvieron el mismo fenómeno ante sus ojos y por diversas razones no se dieron cuenta del descubrimiento. Sin duda, muchas veces no sólo son los medios ni los datos de los que dispongamos, sino una buena dosis de paciencia y suerte lo que nos lleva a asombrosos descubrimientos.
Y lo que es mejor: todo esto es aplicable no sólo al ámbito científico, ¿verdad?

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