jueves, 15 de septiembre de 2011

Desde la montaña

Mi italianini me lo dijo al poco de conocerme: eres la mujer en la montaña. A sus ojos eso era admirable, aunque yo no lo tenía tan claro al verme reflejada en sus argumentos.

Durante un tiempo, mucho tiempo, bajé de la montaña para explorar acompañada regiones más fértiles. Lo que al principio fueron paseos por verdes praderas pasó a ser deporte extremo por barrancos y desfiladeros. Entonces recordé que mi rincón en la montaña siempre estuvo allí, y hacía pequeñas excursiones solitarias a mi montaña, excursiones que se volvieron cada vez más frecuentes. Fue un proceso irreversible: se creó un gran abismo que me aisló del valle, y ya no hubo forma de construir puentes consistentes para volver a bajar.

Allí encontré un buen refugio donde protegerme de tormentas e inundaciones y me quedé un tiempo para descansar después de tanto esfuerzo. Sólo los que me conocían bien supieron cómo acceder a mi escondite, y sobreviví con las visitas de sólo los más atrevidos.

Y por fin llegó de nuevo el aire fresco.


Foto en la parte más alta del camino Buenavista-Teno Alto.
A mis pies, el valle norte de Tenerife.

Desde el principio supe que no me volvería ermitaña en mi montaña, y que era cuestión de tiempo recuperar el espíritu aventurero que me llamara a iniciar el descenso. Aquí en las islas ha ocurrido definitivamente.

¿Tendrá que ver el mar que veo desde mi rincón en la isla? ¿Tendrán que ver las caminatas de fin de semana por barrancos y bosques de cuento? No lo sé, pero han vuelto las ganas de aventura y ya no me importa empezar a construir puentes de nuevo, bajar al valle y regresar cuando sea necesario.

Sola o acompañada, ahora eso ya es lo de menos.

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